Mi hijo ha empezado a tartamudear de repente y no sé si preocuparme

La llamada suele ser de una madre o un padre con un niño de entre dos y cuatro años, y casi siempre empieza igual: «hablaba perfectamente y de un día para otro se atasca». A veces ha coincidido con el nacimiento de un hermano, con el inicio del colegio o con nada en absoluto, y esa aparición repentina es precisamente lo que más asusta, porque parece que algo se ha roto. La buena noticia, y me gusta darla pronto, es que en la mayoría de los casos no se ha roto nada.

Madre escuchando con calma a su hijo pequeño mientras le habla en el sofá de casa

La tartamudez evolutiva, el atasco que forma parte del desarrollo

Entre los dos y los cinco años, alrededor del 5% de los niños pasan por una fase de disfluencias: repiten sílabas, alargan sonidos, se quedan trabados al arrancar la frase. Ocurre porque en esa etapa el lenguaje crece más deprisa que el sistema que lo produce, y el niño tiene mucho más que decir que capacidad motora para decirlo. Es lo que llamamos tartamudez evolutiva, y la mayoría de los niños la dejan atrás de forma espontánea en unos meses, sin intervención y sin secuelas.

Eso explica por qué el pediatra suele recomendar esperar, y en muchos casos tiene razón. El problema es que «esperar» sin criterio también tiene riesgo, porque una parte de esos niños no la supera, y la diferencia entre intervenir a los cuatro años o llegar a la adolescencia con el problema instalado es enorme. De hecho, buena parte de los adultos que atiendo arrastran exactamente eso, como cuento en este artículo sobre la tartamudez en adultos: décadas de evitación construidas sobre una disfluencia infantil que nadie valoró a tiempo.

Las señales que separan la fase pasajera del momento de consultar

Hay indicadores razonablemente claros de que conviene una valoración en lugar de seguir esperando. Los antecedentes familiares de tartamudez pesan mucho, porque el componente genético es alto. También importan la duración —más de seis o doce meses con disfluencias sin mejora—, el tipo de atasco (los bloqueos con tensión visible en cara o cuello preocupan más que las repeticiones suaves), y sobre todo la reacción del niño: si evita hablar, se frustra, o ha empezado a decir «no me sale», la dimensión emocional ya está en marcha y eso no conviene dejarlo crecer.

Ese último punto es el que más me interesa como logopeda y psicólogo, porque la tartamudez que se cronifica rara vez es solo un problema motor: es un problema motor al que se le ha ido sumando miedo. Un niño que todavía tartamudea pero habla sin vergüenza tiene un pronóstico muy distinto al de un niño que ya se calla para no atascarse, igual que ocurre con el mutismo selectivo, donde el silencio también es una conducta de protección y no un capricho.

Mientras tanto, en casa hay cosas que ayudan y cosas que empeoran. Ayuda hablarle despacio y con calma, mantener el contacto visual y darle todo el tiempo del mundo para terminar sus frases. Empeora corregirle, pedirle que respire o que hable más despacio, terminarle las palabras o convertir el atasco en tema de conversación delante de él, porque todo eso le confirma que algo va mal con su forma de hablar, y esa idea es justo la semilla de la que luego crece la tartamudez adulta.

Si tu hijo lleva meses atascándose, si hay tartamudez en la familia o si notas que ya le incomoda hablar, una valoración a tiempo no le hace ningún daño y puede ahorrarle años. Escríbeme y lo vemos juntos, presencial en Barcelona u online.

Autor: Borja Tormos, logopeda colegiado y psicólogo. Consulta en Barcelona y atención online.